Todos habían tratado de disuadirme de alojarme en el Hotel, alegando que
su historial de actividades paranormales era de sobra conocido. Me
limité a decirles que lo que pasaba era que habían visto mucha ficción.
En realidad, yo iba a sabiendas de los rumores y deseando que se
confirmaran. Es más, tuve el detalle de cernirme a los tópicos del
género: fui un viernes, y pedí la habitación 13. Pero fue decepcionante.
Metido en la cama, esperé a que pasara algo, lo que sea, cualquier cosa
fuera de lo normal, pero nada, hasta que, aburrido, me dormí plácida y
profundamente. A la mañana siguiente, abordé al recepcionista. Al
principio se mostró reservado, pero al prometerle que si me daba una
explicación razonable cada vez que visitara la ciudad acudiría a su
local, logré que se soltara. Atribuyó la falta de apariciones nocturnas a
que yo no tenía miedo, y “ellos”, dijo, “solo pueden incordiar a los
huéspedes que tienen miedo”. Eso, evidentemente, me sonó a poco, y no
pareció convencer demasiado a mis amigos cuando se lo conté, aunque
trataron de animarme revistiendo de aventura y emoción mi pacífica noche
en el Hotel. Al cabo de cierto tiempo, volví. Cuando la recepcionista
me pidió mis datos, le informé de que, como era la segunda vez que iba
allí (lo que me granjeaba una reducción), debían de constar en el
registro. Lo examinó, infructuosamente. “¿Cuándo se alojó aquí la
primera vez?” “El último viernes del mes pasado.” “Lo siento, pero ese
día, excepcionalmente, cerramos.” Al notar mi desconcierto, añadió: “Por
motivos familiares.” “Le aseguro que estuve aquí, en la habitación 13, y
me atendió un hombre.” “Aquí trabajamos solo mi hermana y yo, además de
una asistenta.” Ella hablaba sin perder la sonrisa; yo no podía probar
que no mentía. Dijo: “Aun así, usted puede beneficiarse de una
reducción. Regalo de la casa.” “Vale, gracias” Le facilité mis datos,
distraído.” “Ya está. ¿Alguna habitación en concreto?” “Sí… La trece, si
está disponible…” “Verá. Hace algunos años, decidimos anular ese
número, porque a algunos clientes les molestaba, ya sabe.” “¿Así que no
existe la habitación 13?” “Efectivamente. La que sigue a la doce es la
catorce.”
